26/7/10

Finales [R]

Luego se quedaba vacío. Si tenía muchos exámenes, se pasaba varios días estudiando y, cuando los terminaba, se encontraba raro, como si le faltara algo. Quería seguir haciendo cosas, de esas cosas me refiero, seguir estudiando, tener más exámenes. Se sentía desubicado, cambiaba tanto la vida de repente por algo tan simple como tener o no tener exámenes. Pasaba también con los largos trabajos, después de pasarse una semana buscando información y tres días dedicados a ello, lo entregaba y se acabó, a otra cosa. Y sentía que era injusto, porque no se puede desconectar así de rápido, sin embargo el antes y el después no es más que un instante.

Llevaba varios días preocupado con una exposición importante. Nunca le había gustado hablar en público, así que imaginad la situación. Cuando quedaba con sus compañeras para prepararla intentaba no pensar en ello. Se centraba en el trabajo en sí, en el recabar datos y repartir temas, contrastar versiones y ocuparse de su parte, idear qué decir y cuándo entrar, el orden... Se acercaba el día, crecía el pánico. No podía creer que tuviera que hacerlo. Ese día se levantó pronto. Miró la hora mientras se ataba los cordones: 07:45. En alrededor de dos horas, todo habría terminado. Estaba en casa, en su cama, como un artista en su camerino, no había empezado y en dos horas todo sería cosa del pasado. Pretendía relajarse con ello, pero esas dos horas había que vivirlas.

A las nueve estaba en clase, el primero en llegar. La gente iba entrando, su público, diez ya le parecían una multitud. Sus socias parecían más nerviosas que él, les transmitió los cambios de última hora. Empezó la función, la boca seca pero ya más tranquilo, no evitaba el contacto directo, los ojos de sus compañeros, hoy jurado, no le inquietaban. Como suele pasar, eso que tanto tememos acaba siendo un éxito, hubo aplausos, felicitaciones y reconocimiento. Se retiró con la satisfacción del deber cumplido a lo grande y, en un primer momento, lo mejor fue sobre todo que ya estaba hecho, que se acabó, ya había hablado en público, se acabaron los nervios.

Pero no salió de un estado como de embriaguez en todo el día. Seguía pensando en ello y lo demás no parecía tan importante. Se dio cuenta de que no estaba tan mal el proceso, que lo había disfrutado, había saboreado la consecución y ahora se sentía vacío. Saber que ya no tendría que hacerlo le turbaba, y empezó a tener miedo de lograr sus metas, advirtió que siempre le pasaba lo mismo, no importaba con qué, primero miedo, luego pasar por ello de todas formas y al final... nada. Porque justo cuando lo valoraba, justo cuando descubría todo lo bueno, era cuando ya había terminado. ¿Para qué volver a clase sin tener que exponer? ¿Para qué tomar apuntes si ya hizo el trabajo? ¿Para qué continuar cuando ya ha vivido el final?

¿Para qué enamorarse de nuevo?

22/7/10

La última noche [R]

Le había dicho a su mujer que tenía una cena de empresa. Otras veces había sido una reunión, un aviso urgente, un congreso. Un fin de semana de negocios, o una conferencia en Bruselas: nada importaba con tal de tener licencia para evadirse.

Alberto nunca había tenido un gran sentido de la fidelidad. María, su esposa, se lamentaba de que los problemas hubieran llegado tan pronto a su relación. Eran una pareja joven, sin hijos. María sospechaba que Alberto tenía una amante. Y no es que se hubiera dado cuenta recientemente. Ella sabía que su marido le había sido infiel en otras ocasiones, pero esta vez era distinto. Lo supo porque Alberto empezó a cancelar citas importantes. No se olvidó de su cumpleaños, pero no cenó con ella. No olvidó el día en que se conocieron; envió rosas, pero no estaba allí.

Hoy era su aniversario. Hoy hacía tres años que se habían casado. Alberto lo sabía y, como hiciera en las anteriores ocasiones, le había preparado su plato favorito. Pero enseguida anunció que se marchaba, y que no podría venir a cenar: tenía una cena de empresa.

María estaba en lo cierto, esta vez era distinto. Alberto no era un hombre enamoradizo, a pesar de sus muchas aventuras, pero esta se estaba prolongando de manera inusual. No podía dejar de pensar en ella, Sonia. Hoy hacía un año desde que se habían conocido, e iban a cenar juntos. Como muchas otras veces, Alberto aparcó su descapotable en la puerta del instituto, y esperó a que la chiquillería saliera. Y allí estaba ella, entre la multitud, tan bella como de costumbre, con esa cara entre pícara e inocente que le había conquistado. Subió al coche de un salto, se besaron, y se alejaron de allí. Alberto también era consciente de la situación. Lo que sentía por Sonia no lo había sentido nunca antes. “¿Será esto lo que llaman amor?”, se preguntaba a menudo. Incluso había hecho que se replanteara algunas cosas, como dejarlo todo por ella. Sabía que era imposible. Sonia apenas tenía dieciséis años. Su relación no podía funcionar. Tampoco tenía excesivo interés en abandonar a su mujer. Después de todo, la quería, a su manera. Pero iba a hacerlo igualmente. Necesitaba hacerlo.

María decidió dar una sorpresa a su marido. Pensó en ir a buscarle al restaurante habitual de las cenas de empresa de Alberto, Mr. Dean, un sitio al que habían ido un par de veces. Llegaría allí y, con su belleza, causaría furor entre los compañeros de su marido, que le felicitarían con algún codazo discreto por la esposa que se gastaba. Pero antes tenía que esperar a que trajeran su regalo de aniversario: una ultrachic mesilla de cristal de diseño imposible.

Alberto no había pensado lo mismo. Sonia le había pedido en varias ocasiones que la llevara a DeLuca, el restaurante de moda de la ciudad. Era un sitio caro, de hecho el más caro, y eso la hacía sentirse mayor, importante. Sabía que tenía a Alberto a su disposición, que haría cualquier cosa que ella le pidiera. El DeLuca se encontraba a un par de manzanas del Mr. Dean, en la misma exclusiva zona en cualquiera de cuyos bares un camarero no podría permitirse ninguno de los cócteles que servía. En días señalados sus respectivas colas podían llegar a converger. La rivalidad entre ambos restaurantes por alzarse con el favor de la crítica, la sociedad y las revistas gastronómicas era bien conocida en la ciudad.

Una vez hubieron traído la mesilla, María comenzó a vestirse. Encendió la tele mientras terminaba de arreglarse. Todas las cadenas habían cortado la programación para ofrecer la misma noticia: había estallado una tubería de gas en el Mr. Dean. María salió disparada sin siquiera ponerse los pendientes o perfumarse. Su marido estaba allí, podría haberle pasado cualquier cosa.

Y así habría sido, si realmente se hubiese celebrado la cena de empresa. Pero no existía tal cena. Sonia y él salieron del DeLuca al oír la explosión. Se acercaron a preguntar, al ver el fuego y el humo. Alberto cogió el coche y llevó a una asustada Sonia a casa. Tendría que esperar para decirle lo que sentía. Minutos después, llegó a su casa. Entró haciendo el menor ruido posible y sin encender ninguna luz para no despertar a su mujer, quien solía acostarse temprano.

No esperaba, por supuesto, el nuevo obstáculo que se hallaba en su camino. Tropezó con la mesilla y fue incapaz de recuperar el equilibrio. Cayó de espaldas y con estrépito sobre la nueva mesilla, fragmentándola en mil pedazos.

Quedó de cara al techo, un espejo en el que se reflejaba de lo más ridículo. Comprendió que estaba sobre los restos de una mesilla de cristal. Supuso que era el regalo de su mujer, y pensó en lo irónico de la situación. Intentó erguirse, pero el dolor era insoportable. Descubrió que, si no se movía, no le dolía. Sabía que tenía cristales clavados en el cuerpo, pero no si habían alcanzado algún punto vital. Estuvo un rato viendo frente a sí una figura casi inerte, inmóvil. Era consciente de que podía haber perdido la movilidad. También podría ser sólo un susto, algo de lo que reírse en los años venideros. O podía estar desangrándose. No lo sabía.

María llegó justo entonces al Mr. Dean, a tiempo para descubrir, por boca de un bombero, que afortunadamente era pronto y estaba casi vacío. María preguntó por la cena de empresa, pero el bombero insistió en que apenas sí había clientes. Extrañada, María llamó a su marido al móvil.

Alberto oyó una sirena a lo lejos. Imaginó que su mujer había llamado a una ambulancia al verlo tendido en el suelo, pero no la veía por allí.

María desistió. Alberto no atendía su llamada.

Alberto dejó de oír la sirena. Nunca llegó a saber si iba a morir o no.

Diciembre 2003

16/7/10

Advice [R]

El inspector Castillo esperó a que su superior se marchara del despacho dando un sonoro portazo. Era la cuarta vez que se le escapaba un poderoso tratante de blancas, la cuarta vez que la cagaba. Se le había agotado el crédito pero eso era lo de menos. Lo que más le jodía era ver cómo su reputación empezaba a caer en picado. Porque él era implacable, un tipo frío, duro, sin muchos amigos en el cuerpo, un raro, maniático y neurótico, alguien que nació para ser traficante pero que acabó siendo su mayor pesadilla.

Sin embargo el tal Nemov se le resistía. Parecía anticiparse a sus movimientos, aunque era raro de por sí, pero pudo entender un error aislado; la segunda vez ya era sospechosa, la tercera, imposible. Advirtió que pasaba algo y que había de obrar en consecuencia. Sabía que un nuevo fracaso le dejaría en la cuerda floja, pero le daba igual. Esta vez era distinto porque esta vez el cebo era para otro. Y había picado.

Llamó al subinspector Suárez, su hombre de confianza, un poli de toda la vida que le sacaba no menos de quince años, de la vieja escuela, padre de familia, un buen tipo, o eso pensaba. Se encontraba dando una conferencia sobre narcotráfico en la capital de la que regresaría esa misma noche, puesto que el ruso parecía haberse esfumado del todo esta vez y habría de reasignarle en algún lado. En cuanto descolgó, le soltó lo siguiente a bocajarro:

- Sé que eres el topo, que has estado pasando información a Nemov, que sigue suelto gracias a ti. Esta noche iré a tu casa y mataré a tu mujer y a tu hija. Si quieres vivir, no regreses jamás de Madrid.

Y colgó sin esperar respuesta. Suárez conocía demasiado bien a Castillo como para saber que no iba de farol. Poco importaba si estaba o no en lo cierto y cómo lo había averiguado, tenía la certeza de que su familia moriría mientras él estaba en el avión. No tenía tiempo para planes de emergencia, ni tampoco para inventar una excusa por la que no presentarse allí donde se le esperaba, pero eso era lo de menos. Tenía que hacer algo para impedirlo.

Salió corriendo del hotel en dirección al aeropuerto mientras trataba, móvil mediante, de contactar con alguien que pudiera proporcionarle un asiento en un vuelo anterior al suyo. Pensaba que, si lo lograba, llegaría a casa antes de que oscureciera, cuando todavía se le supondría en la conferencia, y que podría llegar a tiempo de evitar el doble homicidio. Consiguió al menos el primero de sus objetivos.

No bien hubo aterrizado, se dirigió al parking donde había dejado su coche. Miró el reloj, iba bien de tiempo. En media hora estaría en casa. Abrió la puerta, se sentó y, sin abrocharse el cinturón de seguridad, introdujo la llave e inició el motor. Todo saltó por los aires. Su todoterreno se convirtió en una bola de fuego de la que Suárez nunca llegaría a salir. Todavía con vida, pudo ver acercarse a su jefe, el inspector Castillo, que llegó hasta las inmediaciones del coche con absoluta parsimonia. Por un momento le pareció que le ayudaría a salir, pero sólo escuchó su epitafio:

- Te lo advertí, viejo amigo. No sé por qué siempre has ignorado mis consejos.

Y se fue como vino, mientras ajustaba un silenciador a una pistola que no era la reglamentaria.

7/7/10

Legacy [R]

Bajé las escaleras y allí estaba ella, sentada en el suelo, sobre sus talones, con una expresión entre tranquila y ausente, detrás de la mesa baja donde tantas veces habíamos comido. Frente a ella un sobre lacrado que en seguida me tendió, tan pronto advirtió mi presencia. Supe por el sello, aunque ninguna falta hacía, que era una carta de su marido, cuyo destinatario no era ella. "No me atrevo a leerla", dijo.

Llegué a su aldea hace mucho, proveniente de ninguna parte. No es que vagara sin rumbo, es que mi destino era otro; uno al que, supe, no podría llegar sin antes conseguir un camello. Me hallaron deshidratado y rebozado en arena, tal vez a punto de ser devorado por alguna bestia salvaje. Lo primero que conocí del pueblo, última frontera antes del desierto y, por tanto, parada obligatoria de comerciantes y aventureros que, como yo, desearan alcanzar la ciudad del otro lado, fue la casa en la que ahora me hallaba, la que sería, a fin de cuentas, mi morada durante los meses siguientes. Me dijeron que me daban por muerto, que me trajeron para procurarme un funeral que finalmente no necesité. Cora, se llamaba ella, y Lance él.

Me ofrecieron su hospitalidad, y yo no tuve más remedio que aceptarla. No tenía otro sitio adonde ir, y en el pueblo todos eran demasiado amables. Conseguí un trabajo como alfarero, excelentes ánforas hacía, pero nunca aceptaron una parte de lo que ganaba como pago por mi manutención. Me convertí en un primo lejano que vivía con ellos, aunque nunca llegamos a intimar del todo. Pasaba todo el día fuera, Lance también, y nos juntábamos de noche para cenar y comentar cómo había ido. Cora, como todas las mujeres, se ocupaba de la casa y de vez en cuando tejía alguna prenda para su marido. Ella se retiraba primero, cansada, tal vez Lance y yo compartíamos un aguardiente de loto. Era un gran hombre, acaso algo taciturno cuando lo conocí, pero al poco tiempo se animó, más o menos cuando Cora le comunicó que estaba encinta.

Al principio no pareció muy contento, o bien yo no supe interpretar su reacción. Luego sí, pasaron los días y era otra persona, trabajaba como el que más. Pensé que, ahora que la familia se vería ampliada, debía ir buscándome otro sitio. Quise comprarle varias veces un par de camellos que tenía, pero siempre me daba largas. "Ya hablaremos", decía, supuse que pretendía posponer mi partida cuanto pudiera. En verdad tampoco yo estaba demasiado convencido de querer continuar mi viaje. Apenas habían transcurrido unas semanas y ya me sentía unido en parte a ese sitio.

Una noche escuché un ruido en el piso inferior. Era Lance, saliendo a hurtadillas de casa. La primera vez no le di demasiada importancia, la segunda despertó mi curiosidad, a la tercera empecé a indagar por el pueblo. Podría haberle preguntado a él directamente, pero sabía que no me lo diría, demasiado reservado. Además, ya llevaba cuatro meses allí y conocía a bastante gente. Sin embargo, algo en el pueblo no acababa de encajar del todo, un misterio parecía flotar en el ambiente, algo que se sabe pero de lo que no se habla, algo que necesitaba averiguar.


Tomé la carta y la abrí, intrigado por un contenido que imaginaba.

A mi adversario:

Me matase o no el veneno de la copa, no me restaba ya mucho camino por recorrer. Desde que supe que me quedaban apenas unos meses de vida, dediqué gran parte de mis esfuerzos a dejar todo el dinero posible a mi mujer y al hijo que nunca conoceré. Supongo que después de todo ha valido la pena, pues me consta que no pasarán dificultades económicas. De todos mis bienes, te cedo la propiedad de los dos camellos que ya no necesitaré.

No me costó mucho tiempo enterarme de que, las noches de luna llena, se organizaba un macabro juego en el que se movía muchísimo dinero. Al parecer, varias personas se daban cita en un lugar apartado y discreto para organizar una partida de vaso ruso, juego en el que dos contrincantes habían de beber, por turnos, el contenido de las copas que fueran dispuestas, una de las cuales, esto es obvio, contenía un veneno mortal. Al principio me resistí a creerlo, pero me cobré un par de favores e hice otros tantos hasta que conseguí que me invitaran a la próxima. Y así fue como, al quinto mes, fui testigo de una de estas partidas. Cuál no sería mi sorpresa al ver que Lance, a quien esperaba sorprender allí, no era apostante sino jugador. No solo eso, sino que, además, se trataba del campeón, a quien un aspirante intentaría derrocar. Lance, supe después, fue el primero en haber jugado más de tres partidas. La cuarta también la ganó.

Como comprenderás, amasé mi fortuna a costa de la felicidad que arrebaté a otros, hasta que le ha tocado a los míos vivir la otra parte de este macabro juego. No sientas pesar por mí, es parte de la historia.

La mañana siguiente llegaba una nueva remesa de comerciantes, y con ellos médicos y mensajeros. Dado que los motivos de mi viaje no son de especial relevancia en esta historia, bastará decir que recibí un correo que me conminaba a estar presente en la gran ciudad allende las arenas en un plazo máximo de un mes. Debía saldar una deuda y no tenía medio humano de hacerlo, a menos que apostara todo cuanto tenía en el vaso ruso la próxima luna llena, y partiera con la siguiente caravana.

No, ni siquiera así. Necesitaría apostar al menos el triple del dinero que tenía, o bien encontrar una forma todavía más rápida de ganar dinero. Y solo había una.


Si estás leyendo esto significará en definitiva que habré alcanzado la inmortalidad; pero, ¿qué significa la vida eterna? Me sentía más vivo cuando sabía que tenía una enfermedad terminal. Ahora tú eres el campeón, invicto hasta que te mueras y tengas que escribir otra carta.

Acabé su lectura y miré a Cora. Me preguntó si pensaba quedarme al sepelio, a lo que contesté afirmativamente. "¿Qué debo hacer con la carta?", me dijo. "No te preocupes ahora por eso, yo me encargo de todo", contesté.

Vendí los camellos esa misma tarde. Después de todo, tampoco yo iba a necesitarlos.